UNA DUDA INADMISIBLE

Allí, en la pequeña aldea, siempre la calificaron de buena persona. Su condescendencia había desarrollado una capa de dulzura, de la cual se alimentaban los demás, como sanguijuelas hambrientas. Nadie pudo explicar su forma de actuar aquel día:

—Rosi —le dijo su vecina— ¿podrías coserme estos leotardos?
—Déjamelos ahí y luego te los coso.
—Es que...verás,los recojo en un momento…la niña los necesita ya.—Le insistió la vecina.
—Pero…si tú sabes coser… ¿por qué no lo haces tú?
—Es que… no tengo tiempo ¡Además, tú lo haces mejor!
Y ahí está Rosita, cose que te cose con sus cosas por hacer.
—Ay Rosa que buena eres.
Y se los llevaba la mar de contenta.
Más tarde se presentó otra vecina.
—Ay Rosi. No puedo ir a darle de comer a las gallinas. Tengo peluquería… ya que tú vas a darle de comer a las tuyas… ¿te importaría darle de comer a las mías?

Pasada media mañana llegó Rosa azorada a la peluquería. Manifestó alarmada que las gallinas estaban muertas.
Con la cabeza llena de papelillos de plata y mechones de pelos tiesos lleno de tinte caoba, la vecina saltó del sillón de la peluquería.
—¡Todas? – le preguntó.
—No, solo las tuyas.

Así quedó la duda. Llegaron a pensar que había sido Rosa, la que había matado a las gallinas de la otra vecina. Pero esto era imposible; pues Rosa, era una buenísima persona.


ACLARAR LOS CONCEPTOS

                     Alicia preparaba el desayuno. Todas las mañanas sacaba el molinillo y molía el café, le gustaba e intentaba dejarlo como si fuese polvo, "así no pierde aroma", solía decir mientras preparaba las tostadas y ponía la leche a calentar. 
                  Después ponía la mesa, "es mejor empezar el día con mantel de tela",  y en cierta forma llevaba razón.Más tarde aparecería Luis, su marido, se sentaría en la mesa y verían las noticias.
—Anoche no te oí.—Dijo Alicia cuando lo vio aparecer recién levantado, con la barba incipiente y el batín abierto. Se rascaba la cabeza como si intentase recordar algo importante.
—Ya...  Estuvimos trabajando hasta tarde y no quise despertarte. Respondió cogiendo una taza de la estántería.
—Muy considerado. —Repuso Alicia entre dientes, mientras giraba la cabeza hacia la tostadora que con un "clac" avisaba de que el pan ya estaba listo.
—¿Decías?
—No nada. Que  agradezco tu amabilidad.—Respondió irónica.
—¿Estas enfadada?—preguntó él depositando la taza en el mantel.
—No.—Le contestó Alicia, recolocando  la taza en el plato—. No, solo estoy desencantada.
—Estas enfadada y es temprano —indicó señalando el reloj de la cocina—, no quiero llegar tarde a la oficina, así que luego hablamos, cuando se te haya pasado.
—Claro, que fácil. Tú defines mis sentimientos. Tú dispones cuando hablamos y cuando se me habrá pasado el hipotético enfado. No escuchas. Nunca has sabido escuchar y hoy te digo que no estoy enfadada, solo desencantada  ¿no entiendes la diferencia entre desencantada y enfadada? Yo te lo explicaré. Mira que suerte tienes, hoy, tan temprano, y ya vas a aprender algo. Mira. y cogió una caja de zapatos que había en una silla y la puso en la mesa.
—No me digas que esto es por unos zapatos. —Dijo Luis.  
—Oh vamos, al final sí que me vas a enfadar. Tienes horchata en las venas o quizás ni eso. Haz el favor de mirar dentro.
Cogió la caja de zapatos, no sabía si, sonreír y abrirla como si nada, o huir y salir corriendo con cualquier excusa, pero esto no le pareció lo óptimo tal y como estaban las cosas.  Con tiento, como el niño que espera un regalo o quizás una sorpresa, desplazaba la mirada de la caja a su mujer en espera de alguna reacción por parte de esta. Despacio la abrió y descubrió que no había  nada.
—¿Ves? —Repuso Alicia— Ahora estas desencantado. Esperabas algo, posiblemente algo malo, pues crees que estoy enfadada. Si fuese tu cumpleaños esperarías algo bueno, pero aun así, al estar la caja vacía te encuentras desencantado o lo que es lo mismo defraudado. Ahora tráela. 
Se la quitó de las manos. A continuación la tiró al suelo y la pisoteó.
—Esto es estar enfadada ¿lo entiendes? —A lo que añadió— Quiero el divorcio.©


Esto que a continuación presento, no es un relato, ¿podría decir que es una cuestión psicometafisicafilosófica? ; )

            EL INSTINTO COMO MEMORIA COLECTIVA (UNA TEORÍA PERSONAL)

Si los recuerdos forman parte de nuestra herencia genética.
Nuestro cerebro es como una CPU, pero de un organismo. Viene cargado de ficheros genéticos.
Si observamos nuestros sueños encontramos que vemos lugares, personas, objetos…Que nunca hemos visto. Estas situaciones, personas, animales… ¿las crea nuestra mente de la nada?
Puesto que no sabemos nada de la nada, por muchas teorías que existan. Los sueños se deben nutrir de acontecimientos pasados, y al decir pasados me refiero a vividos. Al igual que imaginamos el futuro a partir de unas premisas ya existentes. Nuestros sueños pueden nutrirse de vivencias pasadas o de recuerdos inconscientes, es decir, de los que no tenemos constancia pero están ahí, y que más tarde elaboramos o transformamos.
(El cómo sería el proceso es otra cuestión; a través de otras vivencias, filtros, tabúes o de equivalencia o trasposición de sentimientos. Esto quizás esplique porque hay imágenes en los sueños que sin serlo despiertan sentimientos que son antagónicos o descongestionados con la imagen. Por ejemplo normalmente se asocia a imágenes pasear o pescar que en principio es algo neutro, un sentimiento de angustia y/o miedo. De ellos también se nutre el arte, pero esa es otra cuestión.)
La principal cuestión es que nuestro desconocimiento o mejor sería decir nuestro no reconocimiento racional de esa vivencia sea porque no nos pertenecen como tales (Este punto es importante y luego retomaremos) o que sean vivencias inconscientes. Estas vivencias inconscientes son para mí aquellas situaciones con hechos subliminares, es decir, al enfocar nuestra atención a una sola cuestión, hecho, persona, objeto…otras nos pasan desapercibidas pero imprimen su huella en la memoria. En lo que a las vivencias que no nos pertenecen se refiere,  estas se pueden dar  por dos motivos; hemos absorbido conscientemente vivencias de otras personas o, las hemos heredados genéticamente…
Estas vivencias inconscientes, en el sentido de no conciencia del conocimiento, pueden partir de cualquier lugar, como ya he apuntado. Mi teoría es que hay recuerdos que se heredan. Si los genes reproducen manifestaciones impalpables como el amor, odio, inteligencia, sentimientos o…la imaginación (¿nutrida de estos recuerdos?) que se  evidencian en una zona del cerebro, si también hay una zona en el cerebro que opera como memoria ¿quién no nos dice a nosotros que no tengamos unos recuerdos genéticos?, y no solo me refiero a aquellos que se heredan solo como especie.
Me explico: observando la naturaleza, surgen cuestiones que parecen explicables desde una cierta lógica, pero cuando nos preguntamos por ejemplo: qué le dice a un pájaro que tiene que hacer un nido, es más, cada tipo de ave tiene una forma de hacerlo;, los hay colgantes, los hay de barro; o qué le dice a la hormiga león que tiene que hacer un surco con forma de cono en la arena para coger a sus presas; o a las mariposas monarcas que es el momento de emigrar y saber de antemano el camino, cuando nunca antes lo habían hecho pues pasan cuatro generaciones entre un viaje y otro…, ¿está la ruta inmersa en un recuerdo heredado? Es evidente, me diréis, es el instinto, si pero… ¿Dónde se aloja el instinto? ¿Han descubierto en qué lugar del cerebro se oculta? ¿Qué funciones colaboran? Y la memoria o recuerdos ¿está entre ellas? ¿Forma el instinto parte de una memoria colectiva de una misma especie?
Sabemos dónde localizar el centro del hambre, la sed, el placer que también son instintos, son instintos de supervivencia. Podríamos decir que todo instinto tiende a la supervivencia, individual o de una especie.
Pero no sería este instinto, el que defiende a la especie, ¿una memoria colectiva que evidentemente se transmite a través de los genes, no es aprendido, que empezó a funcionar como instinto para la supervivencia de la especie? Quien nos dice que no tengamos en nuestros genes recuerdos de nuestros antepasados, no como herencia de supervivencia o evolutiva, ¿no tendremos también sus recuerdos, vivencias o emociones?
Evidentemente esto son teorías y hemos de alegrarnos de la complejidad de la mente humana; estructural y funcional, pues el día en que este funcionamiento se conciba y se conozca en su plenitud,  el ser humano estará en manos de otros seres humanos y todos los demás estaremos perdidos.
CONTINUARÁ


Este relato es continuación del relato, “El carpintero José” de diciembre de 2012.

LA NOCHE DE LOS COMETAS

María, recostada sobre un montículo de paja cubierto de unas mantas, cogió amorosa a su hijo Jesús y le besaba la frente y las manitas. José miró al exterior y percibió una esfera minúscula y trasparente que despedía una luz brillante y dorada. La miraba extasiado y se sobresaltó cuando la vio dividirse en multitud de estrellas, como una enorme bengala. Partieron en distintas direcciones, algunas subieron hacia el cielo y parecieron mezclarse con el resto. Otras partieron hacia los pastores y gente de los alrededores, y como para Dios el espacio y el tiempo no son un misterio, una viajó al pasado, al encuentro de unos magos a los que había servido de guía durante meses.
Aquella noche los magos se encontraron y sin saber por qué o como, se reconocieron sin conocerse y supieron que habían llegado puntualmente a una cita de la que fueron conscientes solo cuando se descubrieron.
Uno comentó que había atravesado las grandes montañas de los Urales, era casi un anciano y sus barbas blancas destacaban la dulzura de unos ojos celestes como un cielo limpio. Se llamaba Melchor. El segundo dijo que venía de un poco más al sur, que había cruzado el  gran río Ganges no sin dificultad. Su tez era más oscura, del color de la tierra mojada, y sus ojos marrones y profundos describían la serenidad del que está limpio de conciencia, su nombre. Gaspar. El tercero de piel como el ébano y ojos oscuros como una noche sin luna, comentó que venía de más allá de las altas cascadas del Nilo. Baltasar dijo llamarse.
Los tres coincidieron en que habían estado estudiando los cielos y habían hecho multitud de cálculos matemáticos. Eran sabios y habían concluido que era algo grande lo que habría de ocurrir y llevaban más de un mes siguiendo a la estrella que parecía la clave de todo.
En otro lugar, un grupo de pastores se cobijaban alrededor del fuego. Comentaban los sucesos del día, y el frío que estaba haciendo. Advirtieron una forma incandescente y minúscula que flotaba alrededor de ellos. Creyeron que era una chispa del fuego que acababa de crepitar, pero al cabo de un momento se dieron cuenta de que era otra cosa. La incandescencia comenzó a expandirse hasta convertirse en un Ángel con los destellos de un espejo de oro y de alas trasparentes.
Temerosos se escondieron tras unos matorrales, pero como la forma desprendía amor  se sintieron acogidos como en el abrazo de una madre. Escucharon una voz sin sonido que les anunciaba que aquel que esperaban había llegado. “Es el salvador del mundo, el amor hecho persona, el hijo de Dios que se ha hecho humano”.  Ellos no entendían muy bien el mensaje, aunque supieron de inmediato que el Mesías de sus profetas había nacido. La calidez y armonía que desprendía la figura hicieron que perdiesen el temor inicial. Cogieron algunas de sus cosas; pan ácimo, requesón y pieles de borregos y siguieron a la figura hasta que vieron a lo lejos el resplandor que les advertía que allí estaba el niño que buscaban.
Los magos llegaron después, habían errado el camino. Creyeron que el Mesías nacería en un castillo, rodeado de parabienes y llamaron a las puertas de Herodes. Presintieron que habían cometido un grave error y que muchos inocentes pagarían por su descuido.
A la ofrenda de los pastorcillos se unió la de los magos. Un poco de oro. Piedra filosofal, metáfora del conocimiento, de las leyes del universo, de lo conocido y de lo por conocer. Incienso, con el que reconocían la deidad de aquel niño que acababa de nacer y Mirra, premonitorio de su sufrimiento y sacrificio y a su vez símbolo de la finitud del ser humano.
José miró entonces al niño y a María. Algo la perturbaba.  Poco podía imaginar que a la alegría que representaba la llegada de este hijo se unía un gran e inexplicable dolor y sufrimiento. María acariciaba la cabecita de su hijo y lo acurrucaba en un gesto de protección. No sabía José que se ahorraría todo este sufrimiento terrenal.
Sonrió a María y besó su frente. Vio los ojos de María bañados en lágrimas y desconocedor de lo que ella sentía le dijo que no se preocupara que él permanecería con ella y que la cuidaría, que los cuidaría, a los dos. Después levantó el rostro y miró al cielo azul y estrellado. Sintió. Que si cada uno viene al mundo con una misión. Con un destino. Él había cumplido con el suyo. ©


FELIZ  NAVIDAD

NOCHE DE HALLOWEEN



Sabes que es Halloween, es aquí donde empieza la historia y has decidido ponerte en situación. Es importante para este relato. Está escrito para esta noche.
Ponte en tu lugar preferido, ese sillón en el que te acurrucas en las noches de invierno. Apaga todas las luces y deja sólo esa lamparita que tienes al lado. Apaga también la tele si la tienes encendida y desconecta el teléfono. ¿Lo has hecho ya? Bien, ahora estas en condiciones.
¿Cómo?, ¿te molesta hacer todo esto por una fiesta que no nos pertenece?, ah que es importada, me dices. Y se te viene a la cabeza la fiesta a la que realmente ha sustituido; la noche de difuntos.
Difuntos. Se te hace extraña la palabra, y tienes razón, no suele emplearse, huele a la parca, a la de verdad, a la de uno mismo. En la actualidad se habla de muertos, restos, cuerpo, materia al fin y al cabo. Consideras que difuntos es una palabra enigmática, envolvente. No sólo implica al cadáver, también todo lo que la persona era. Su esencia. Piensas que cada individuo es único y es ahí donde radica o radicaba al menos su valor como persona. Recuerdas todos tus difuntos. Y otros que no te pertenecen.
En la penumbra en la que permaneces tus temores traspasan la barrera de lo inconsciente, de aquello de lo que no te quieres acordar, y tus terrores, aquellos que apenas parecen caricaturas con la luz del día se aferran a ti.
Piensas que es esta una de esas ocasiones donde el destino, hado o como lo quieras llamar, suele hacer una de esas jugadas que tanto le gustan y apagar o cortar la única luz de la que dispones en este momento, y te arrepientes de no haber puesto a tu alcance una vela o linterna. No quieres seguir pensando en esto, a veces estas cosas ocurren y no sabes si es precisamente por eso, por pensarlo, por lo que suceden o simplemente lo piensas, en una fugaz premonición, porque va a pasar.
 Tienes ganas de dejar de leer esto que ahora lees, de encender las luces y el televisor. Buen invento el televisor cuando estas solo en casa, lo enciendes y así cualquier ruido extraño  parece que sale de él, o quizás… no. Pero no quieres, no eres un cobarde y vas a terminarlo entero, no vas a dejar que este maldito escritor te lleve a su terreno y te asuste, aunque no puedes evitar sentir… ¿sentir qué? Dices.
Miedo.
Por un instante, no sabes si ha sido real o no. Como si fuese otro el que te mira, te has visto desde la oscuridad que enmascara y protege el fondo de tu salón. Allí sentado con la cabeza inclinada, la luz de la lámpara te ilumina y cubre y señala un pequeño círculo en el suelo es como una isla en la tenebrosidad que te rodea, y establece el límite entre tú y la aparente nada. No sabes si levantar la cabeza y mirar abiertamente, pero solo lo haces de reojo.
Una y otra vez los fantasmas infantiles y no tan infantiles revolotean a tu alrededor. Tus terrores, tus miedos, tus fantasmas… y sientes que te miran,… desde atrás. Es lo típico te dices, y piensas si no habría sido mejor haberte sentado contra la pared, aunque sería lo mismo, pues intuyes que aun así percibirías que hay algo en ella. Notas un ligero soplo en tu coronilla. Te cuestionas la certeza de esta señal mientras percibes tu pulso en la las sienes.
Respiras sin aire, huyes sin alejarte, caes preso de tus sensaciones y no te atreves a girar la cabeza. Temes que tu imaginación te la juegue a base de bien y realmente veas algo que no quieres ver. La mente es así. 
Quieres dejar de leer, una diminuta gota de sudor aparece, discurre por tu frente, se desliza despacio y pronto llegará a tu ceja, alzas la mano para secártela, pero compruebas que tu brazo no te responde. Intentas levantarte, no puedes. Tu cuerpo, ahora de plomo se sedimenta con tu sillón favorito y descubres como lo que quiera que sea se aproxima a ti y se coloca delante. Lo miras y te ves. Tu peor pesadilla se cumplió. Ya eras un difunto. ©