siguiente parte del relato "kaleidoscopio (en los bordes de la ciencia)

Año 2136

Has abierto los ojos y no reconoces el lugar donde estás. Sentado junto al camastro en el que estás tendido hay un anciano. Te mira con expresión esperanzada. Otro hombre, igual de viejo, está de pie y también te mira. Intentas moverte, pero ni uno solo de tus músculos está por la labor de obedecer  las órdenes de tu cerebro.
            —No te preocupes —ha dicho el que está sentado junto a ti y no has visto mover su boca—.  Es culpa del iridio. 
           —“¿Qué carajo es eso del iridio?  Piensas”—.  
           Te debilita al igual que a nosotros.  Mi nombre es Auron y este es Celidio.
            —Deja de dar vueltas a tu cabeza —dice Celidio—. Deja de buscar donde nos conociste.
Y es cierto, tu cabeza no hace más que dar vueltas. Buscas una explicación. Quizás sea una de esas pesadillas que últimamente tienes, en las que despiertas y no puedes articular palabra.
             —Desde que naciste —continuó Celidio—, sabemos de tu existencia.
Vuelves a intentar reclinarte, ya has escuchado demasiado. Con miedo en tu mirada te preguntas en qué maldito lugar te encuentras y quiénes son estos dos locos. Que quieren de ti. Solo eres un guarda de seguridad. Un hombre convencional, que trabaja y sobrevive como otros en la Gran Colmena.
            —No pierdas fuerzas en intentar moverte, aún pasará un rato hasta que te recuperes.
         —Tenemos poco tiempo —le ha dicho Celidio al otro viejo—. En cuanto perciban que nos estamos comunicando con él, nos apartarán o nos matarán.
La conversación ha continuado. Has podido deducir que la transmisión se efectúa de pensamiento a pensamiento. La telepatía, en tu realidad cotidiana, es un imposible, aunque has escuchado historias...
            —Veo que vas entendiendo —te ha dicho Aurom— nuestra comunicación es telepática. Solo los Oncetarios podemos comunicarnos de esta manera. 
             —“¿Oncetarios?”
Una cascada de interrogantes ha invadido tus pensamientos. ¿Qué es eso de Oncetarios? y que es eso de ¿que solo ellos pueden comunicarse de esta manera? Vuelves a preguntarte que donde estás y es Celidio el que te responde.
            —Estamos en una cárcel de iridio. Deja de preguntarte tantas cosas a la vez.  Solo tienes que escucharme,… escucharnos. Pon atención y lo entenderás todo.
           —Ya sigo yo —le ha interrumpido Aurom—. Esta cárcel, la construyeron los Fracos para nosotros, los Oncetarios que quedamos vivos después de la falsa batalla de los Tres Pueblos. Así la llamaron, aunque en realidad fue un exterminio en toda regla.
Como ya puedes mover alguno de tus músculos, una breve e insinuante risita ha salido de tu boca que también babea un poco. Es imposible no reírse ante semejante historia. Piensas, que por error, te han encerrado en un manicomio junto a los dos locos más locos de todos. Aunque, lo que no consigues explicarte, es porqué consiguen hablar contigo sin mover los labios. El sarcasmo de tu boca ha desaparecido en el momento en que has pensado que a lo mejor, o a lo peor, el que está  loco de remate eres tú.
            —No debes preocuparte por tu salud mental. Abre tu pensamiento y escucha. —comenta Aurom. —En el año 2016, la Humanidad no estaba formada solo por humanos, aunque este dato era desconocido. La Humanidad, como ellos la conocían, estaba compuesta por “Hombres”. Para abreviar, denominaremos “Hombre” a ambos géneros de la especie.
            —No te vayas por las ramas que no hay tiempo, de aquello hace mucho. —Interrumpe Celidio.
            —Tienes razón querido Celidio. A lo que iba. En aquellos años convivían Hombres, Oncetarios y Fracos en un grupo común que denominaban Humanos. Tanto nosotros como los Hombres, vivíamos conjuntamente sin reconocernos pertenecer a una u otra especie. Bien es cierto, que algunos de los nuestros destacaban debido a una serie de “poderes”.  Muchos de nosotros fuimos denominados locos, frikis, o algo peor. Claro que también hubo gente seria que intentaba explicar aquellas cualidades, sin saber que pertenecíamos a una especie diferente. ¿Nuestros orígenes? Esa es otra historia. En este momento no es importante. Lo cierto, es que los únicos que se sabían diferentes eran los Fracos. Sabían que no pertenecían a este planeta, sabían de dónde venían y por supuesto conocían su misión, solapada a lo largo de siglos y en espera de una oportunidad. Y esa oportunidad apareció. Vino a surgir en unos laboratorios de una Universidad que existió en un lugar asombrosamente bello para vivir; la ciudad de Málaga. En aquel Campus de Teatinos se estaba fraguando el experimento que daría al traste con todo lo que era la “Humanidad” en aquel año 2016.
            —¿Por eso vivimos en esto que llamamos la Gran Colmena? —has preguntado.
      —Efectivamente. La tierra fue desolada, dejaron solo unos supervivientes; aquellos que le fueron útiles. Tanto hombres como unos cuantos Oncetarios de los cuales descendemos. Nos mantienen como cobayas, para estudiar de donde vienen nuestros poderes telepáticos y otros que podemos desarrollar de los que nada saben. Solo un Oncetario, descendiente, al igual que nosotros, de aquellos que fueron “salvados”, consiguió escapar. Se camufló entre los Hombres, se unió y vivió con una de  ellos. Eulom era su nombre.
            —Dijiste que fue un exterminio ¿qué pasó? —no puedes creer que estés participando de esta conversación, quizás esto de la locura sea algo contagioso.
            —En aquella Universidad, se experimentaba con una especie de mosca. Un insecto que por aquel entonces arrasaba los cultivos. El experimento consistía en cambiar genéticamente algunas especies vegetales para provocar que la mosca blanca, que así la denominaban comúnmente, no pudiera desarrollar sus funciones biológicas de reproducción. De esta forma, acabarían con la plaga. Pero en aquél laboratorio no se trabajaba solo en eso. Los Fracos, estaban llevando a cabo un experimento paralelo. Perseguían modificar genéticamente a la mosca blanca para que inoculara un virus mortal a los Hombres y a los Oncetarios.
              —Cuando lo consiguieron—continaba Cedilio—, provocaron el pánico en las ciudades y campos, y crearon lo que denominaron “refugios”. En realidad eran cárceles. Los que quedaron fueran de ellas murieron. Pero cometieron un error. No previeron que la mosca, con este cambio genético, también se haría resistente a los insecticidas. Arrasaron con toda la vida vegetal que quedó en el planeta.
         —Los libros antiguos —ha dicho Aurom—, hablan de otro experimento que se estaba llevando a cabo en la misma Universidad. Por medio de este se abrió un portal.
              —¿Un portal?
           —Una puerta que comunica tiempos y espacios distintos. En aquel lugar del campus, justamente en pocas horas se abrirá. Eres nuestra oportunidad, tienes que escapar y dirigirte al lugar indicado.
                —¿Qué tengo que ver yo en todo esto? —Has preguntado con inquietud.

              —La tierra esta desolada. Vivimos en la Gran Colmena como esclavos, y todos somos obreros de la gran abeja que conforman el Tribunio de los Fracos ¿es ese el futuro que buscas? Los recursos escasean y pronto seremos exterminados. Tú eres la única oportunidad de salvar ambas razas.  Tú eres el hijo de Eulom.


Continuará...


KALEIDOSCOPIO (En los bordes de la ciencia)

Este es un relato algo más largo por eso lo pondré en varias entradas. Esta vez me he atrevido con la ciencia ficción, espero que os guste.

PARTE I
Año 2016
(A)
            Si a vista de  Dron, volásemos por el Campus de Teatinos, nuestro objetivo se centraría en el edificio del Jardín Botánico.
            Desde esta altura, por control remoto, podríamos afinar el objetivo de la cámara que lleva incorporada para ver, con nitidez precisa, que la actividad en el Campus está impregnada de la más absoluta normalidad. El metro pasa, como todos los días, puntual cada seis minutos y los alumnos se dirigen a sus clases. Son las ocho treinta y cinco de la mañana.
            Nos deslizamos, invisibles a través del aire, en el edificio del  Jardín Botánico hasta llegar a una puerta que permanece cerrada desde dentro. Es un laboratorio, donde un importante experimento se lleva realizando desde hace unos años.
            Un proyecto que recibió una beca de la fundación de Bill Gates para generar plantas resistentes a la mosca blanca: Modificando el ADN de las moscas, evitando su reproducción,  acabarían con este problema en aquellas plantaciones afectadas por esta plaga. Si esto no funcionaba, intentarían lo mismo con las plantas; controlarlas genéricamente para hacerlas resistentes. 
            En este momento, nuestro objetivo se ha reducido lo bastante como para atravesar la cerradura  del laboratorio anexo al principal y observar la escena que discurre dentro de este.
            Presentes dentro de él se hayan; el jefe de laboratorio, que también lo es del proyecto, y su ayudante. 
             Son los dos únicos Fracos de un equipo de ocho personas. Realizan una investigación  propia, secreta y en paralelo, a la del proyecto becado. 

              —Este es el noveno intento y se nos acaba el tiempo —Ha dicho el jefe. Su nombre; Adolfo.
           —Parece que esta vez las larvas se han desarrollado. ¿Podremos hacerlo? —comenta Darío.
            —Acaso dudas.
             Adolfo lo ha mirado con desprecio. Darío, el ayudante, sabe que odia la debilidad, y debilidad ha sido esa pregunta estúpida.
            —No…No, claro que no.
            Tras hacer unas pruebas con unas cuantas larvas, Adolfo ha sonreído con satisfacción.
           —Tienen carga vírica y es intracelular. Esperaremos a que sean moscas. Esta vez, seguro que lo hemos conseguido.


Continuará...




CUMPLEAÑOS FELIZ

         Clara abrió los ojos. No despacito, como cabría esperar después de una larga noche de placido sueño, no. Los abrió de golpe y lo primero que vio, fue el despertador con la figura de Blancanieves que marcaba las siete y diez. Claro que eso, para Clara, no era índice de significar nada.
            De un salto salió de la cama y corrió a través de un estrecho pasillo. Llegó ante una puerta de cuarterones de madera y la abrió despacio. Entró en el dormitorio de sus padres y de un brinco, se coló entre los dos.
­            —¡Hoy es mi cumple!­­  —gritó mientras zarandeaba a su padre por la espalda. Este, con los ojos aún cerrados, sonrió. Después abrió un ojo, la miró y volvió a hacerse el dormido.
              —¡Que es mi cumple!
         Volvió a gritar. Aunque en su voz resonó una especie de minúsculo enfado.
           —Vaya con la pequeñina. —Exclamó el padre mientras se giraba y la cogía para hacerle cosquillas,— vaya, vaya como está hoy la princesita —y le dio un beso sonoro en la mejilla.
            La niña se pasó la mano por la mejilla
­            —Pinchas, pinchas ¡No me gusta que pinches!
           —Como está de exigente doña mocosa. —Exclamó el padre—. Cariño, —esta vez se dirigió a su mujer—  ¿sigues dormida?
          —Lo intento al menos —contestó la madre que ya se giraba en la cama después de haber mirado el despertador.
       —Felicidades mi niña. —Le dijo, con media sonrisa y la besó con un suave abrazo— Has madrugado demasiado cielo ¿Sabes qué hora es?
       —Si. Si que lo sé. ¡Es la hora de mi cumpleaños! —y tocó las palmas a modo de aplauso.
           
            Durante toda la semana, Clara había deseado este momento. No había dejado de hablar de la muñeca Candy, versión casi real de un bebé; comía, lloraba e incluso había que cambiarle los pañales como a un niño real.
            Se veía a sí misma paseándolo con su cochecito por el caminito del parque. Todas las niñas se acercarían, y ella vería sus caras embelesadas. Sobre todo, la cara de Lina. Ella también había pedido uno por su cumpleaños, pero Clara, era unos meses mayor. Así que ella, lo tendría primero. Esto la hacía especialmente feliz y dibujaba una sonrisa fina en su cara.
            Después subía a su dormitorio y buscaba el mejor sitio para alojar a su querida muñeca.
            Soñaba con cambiarla de ropa, en bañarla por las noches, en ponerle su pijamita y acostarla a su ladito, igual que hacía la tita Rubi con su bebé.
            La madre se levantó de la cama y se dirigió hacia afuera del dormitorio. La niña sabía a lo que iba.
            Desde el quicio de la puerta la madre miró a su marido y este subiendo un poco los hombros suspiró con desesperanza y esquivó la mirada hacia las sábanas.
            Durante toda la semana Clara se había comportado lo mejor que sabía; comía la comida que le ponían en la mesa aunque no le gustase, no protestaba cuando su madre la peinaba y no se enfadaba cuando le daba algún tirón al peinarla, o se acostaba todas las noches sin protestar, rezaba sus oraciones y le pedía al niño Jesús la muñeca tan deseada. “Niño Jesús, cuando tenga mi muñeca te prometo ser buena todos los días.” A continuación se santiguaba, subía a la cama y tapada entre mullidas mantas, dormía con la seguridad que da el trabajo bien hecho.
            Apareció la madre con una gran caja que llevaba un precioso lazo rosa. Clara sonrió de oreja a oreja y con los ojos muy abiertos aplaudía con sus manos rechonchas.
            Los padres se miraron cómplices con un brillo de tristeza en sus pupilas.
            —Tu regalo cielo. Te has portado muy bien y eres una niña muy buena, aunque…—dijo la madre.
            —Nos hubiera gustado poder comparte otra cosa, —continuó el padre—. Pero ya sabes que papá está buscando otro empleo y hemos tenido que ahorrar, lo entiendes ¿verdad?
            La niña solo miraba la caja y las palabras de sus padres le llegaban como si les hablaran desde debajo del agua.
            Rompió el lazo y el precioso papel dorado y rosa que envolvía el regalo con la misma desesperación que un náufrago desplegaría una balsa de plástico.
            Abrió la caja y una sombra tenebrosa atravesó su mirada. La sonrisa se le hizo mueca, y escondió sus sonrosados labios tras una línea de dureza. Sus ojos se volvieron vidriosos. Miró a sus padres con una mirada que no olvidarían y con la rapidez de un lince, cogió el abrigo celeste de dentro de la caja. Se dirigió a la ventana, y lo tiró afuera con todas sus ganas.




EL LIBRO

            Entró en la tienda. La puerta acusó su entrada con unas campanitas colgantes que sonaron en el silencio como si el hada de Peter Pan estuviese revoloteando en el aire. El librero que estaba justo a la entrada, detrás de un mostrador desvencijado, no alzó la mirada. Continuó ajetreado con unos papeles que no dejaba de mover cuando ella pasó delante de él dirigiéndose hacia la estantería del final.
            Ojeaba los lomos de viejos libros con títulos en inglés en un intento de traducir alguno que pudiese llevarse a casa como recuerdo, cuando percibió un hueco entre unos cuantos libros y el fondo del mueble. Metió la mano muy despacito y lo sacó.
            Palpitaba bajo una capa de polvo blanquecino. Abandonado en una decrépita tienda de libros usados, detrás de otros libros igual de olvidados que él. Mi madre lo encontró. Podría decirse que lo rescató, de su escondite y del olvido, aunque muchas veces después, hemos pensado que fue él, el libro, el que quiso reencontrarse con ella.

            No sabemos las intenciones de la mano que lo ocultó entre aquella línea de libros, pero fue ella, curiosa mi madre, incansable buscadora de historias, la que lo halló con la emoción secreta del que encuentra un tesoro.
           
            —Where have you got that book, ma’am?—Preguntó el librero un tanto antipático.
            Mi madre, respondió señalando con el dedo índice al mueble viejo y sucio al final del estrecho pasillo con el  letrero  “Books-3pounds” encima.
            El librero la miró por encima de sus gafas de presbicia.
            —Are you sure?
            —Of course
            Contestó mi madre ofendida, a punto de abandonar el libro a su suerte. Pero el libro ya la había enganchado. Decidió tragarse su orgullo y sacar las tres libras. No sabía el librero, que en aquel punto ella le habría pagado mucho más si hubiese sido necesario. No fue así. El hombre con parsimonia y mirando siempre a mi madre por encima de sus gafas, guardó el libro en una bolsa de papel y se lo entregó.
                  —Here you go, ma’am.
            —Bye.—Respondió ella y, abriendo la puerta, abandonó la librería con el sonido de las campanitas en sus oídos.

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            Habías comprado un libro. El único libro en español de una librería perdida de una localidad; Kinbuck creo que la llamaste.
            El autobús cargado de viajeros, entre los cuales te encontrabas, se averió. Mientras lo arreglaban, el guía y otros turistas, decidieron dejaros un rato de asueto andurreando por las cercanías. 
          En contra de tu naturaleza, te atreviste a alejarte. Te adentraste en el pequeño pueblo. Caminaste por sus calles pequeñas, con muretes de piedra en los jardines de las casas y jardineras con florecillas menudas en las ventanas. Había lloviznado un poco. Suerte de traerte calzado cómodo y seguro. Lo piensas mientras una leve brisa fresca acaricia tu cara y sonríes.
             A lo lejos, el letrero “Old Books” ha acelerado tus pies. Ejecutan una orden primaria de tu sistema nervioso. ¿Qué piensas? ¿Es que ves una librería y te lanzas a ella como un perro cuando huele un hueso? Es lo que él te habría dicho. Con aquella pose de seguridad que ostentaba en todo lo que se refería a ti. Incluso cuando te dijo que te abandonaba, dejó que pensaras que eras tú la culpable. Y lo creíste.
            Sí, eso te habría dicho, pero él no está. Hace tiempo que eligió otra vida en la que tú ya no figuras. Por eso, te dirigiste hacia ese letrero con entusiasmo, como si supieras que allí había algo para ti, y efectivamente lo había; encontraste el libro. Una ganga doble la que has conseguido o triple; una el precio, otra los grabados, por último y reina de las casualidades: está en español. Casi lloraste, porque sentiste que el destino te había traído un regalo; una recompensa para tu desengaño.
            Nadie como tú para saber cuánto sufriste. Cuanto disimulaste tu orgullo herido y tu desesperación, porque tú aún le querías. Mentías a todos cuando decías que estabas bien, que tu matrimonio se había convertido en una costumbre o que ya lo sabias porque hacíais vidas separadas. Mentías, y cuando te quedabas sola, llorabas mientras deambulabas como una sombra por los dormitorios, por el pasillo o por la cocina escuchando solo el eco de tu llanto.
           
            Una tarde viste un anuncio: “Descubre Escocia por novecientos Euros” y no lo pensaste dos veces.

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            Cuando encontró el libro, salió con rapidez de la librería, “a ver si por un azar maligno sale el librero arrepentido” pensó. Claro que mi madre ya estaba dispuesta a pelear por él. Ya era de su propiedad.
            Agradeció con un hondo suspiro, que al regresar al autocar, este tuviese los motores en marcha y que los otros turistas estuviesen sentados. Solo faltaba ella.
            Abrazada al libro guardado en el envoltorio de papel, como si fuera una colegiala con sus libros nuevos, subió rápido y pidió disculpas. Después me confesó, que en aquel momento no podía sentir lo que decía, emocionada como estaba con aquel hallazgo, y que volvería a llegar tarde las veces que hiciera falta con tal de tener semejante preciosidad entre sus manos. El autocar comenzó su marcha, y entre el suave traqueteo del viaje lo guardó, con bolsa y todo, dentro del bolso.
            —¿Has encontrado algo que merezca la pena? —le preguntó la compañera de asiento.
            —Una baratija para mi tía —contestó y se puso a mirar por la ventana.

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            No quisiste compartir con la pareja circunstancial de autocar aquel sentimiento de alegría, de revancha, de conquista, con el que el destino había gratificado todas tus últimas penalidades.
            Sentiste que el cosmos, el universo te debía algo y se había concretado en aquel libro; con solapas de cuero repujado y fuertes hojas en su interior; algo amarillentas por el tiempo y la falta de luz, del que apenas pudiste leer unas cuantas palabras:

Alcé mi poncho y mis prendas
Y me largué a padecer
Por culpa de una mujer
Que quiso engañar a dos,
Al rancho le dije adiós,
Para nunca más volver.

            Aquellos versos, que recién habías leído en la tienda, no se borraban de tu cabeza. Descubriste que eran las palabras de Martín Fierro, un gaucho argentino, las que en un libro escondido en un lugar de Escocia irrumpieron en tu vida como una cascada violenta.
            La idea, como un gato, ronroneaba a tu alrededor hasta que se hizo fija y fuiste consciente de ella.
           
            Con el libro dentro de tu bolso y con aquellas palabras en tu mente mirabas el paisaje. A través de la ventana del autocar los árboles te saludaban a coro. Agitaban sus ramas mecidas por el viento, alegrándose de tu llegada.
            Aquellos bosques verdes, altos y elegantes, engalanados con su mejor follaje, que viste una vez y que guardabas en tu memoria, se acordaron de ti. Y tú, al verlos, los reconociste en aquellos sueños que habías vivido.
            Entonces supiste que habías regresado, que estabas en tu hogar.
            Decidiste abandonar al grupo de turistas ante las caras asombradas de los que viajaban contigo. El chofer sacó tú equipaje de las tripas del autocar y te hizo firmar un papel para renunciar a cualquier reclamación posterior. No te importó. Nada te importaba. Lo único que podría retenerte en España era tu hija, pero sabías que ella estaría bien y que se alegraría por ti.
            Solo podías sentir como el pecho se te ensanchaba de alegría, habías encontrado tu sitio. No tenías miedo porque en tu interior, sabías que habías regresado  para empezar de nuevo. Para ser, al fin, tú misma.




La Partida

            Regaba las macetas del patio cuando sin querer se enteró de la noticia. Había escuchado a su madre comentar a una vecina que José,  se marchaba aquella misma mañana en el tren de las once treinta.
            Dejó caer la regadera en el suelo y la confusión del agua atrajo ecos de voces pasadas donde José, su José, en amores secretos, le había susurrado  que la amaba. 
            Corrió hacia la puerta principal de la casa, no sin antes, echar un vistazo al reloj tipo carrillón que presidía la entrada. Mostraba las once menos diez, aunque la aguja larga ya había sobrepasado la X.
            De nada sirvieron los gritos de su madre que le decían, que al menos, se peinara. Dejó la puerta abierta y salió corriendo calle abajo. Sus pies se deslizaban con la rapidez que le permitía la calza ortopédica de su pierna derecha. Lo hacía con plena conciencia de la resonancia que provocaba al chocar contra los ladrillos del suelo; clac – clac - clac.
            La había mirado sin ver su defecto. “Sólo veo unos preciosos ojos que imploran amor” le había dicho entre caricias, y aquella noche, cuando le abrió de par en par las ventanas de su balcón, José entró como un ladrón entre las sombras.
            La brisa de la mañana levantaba la falda de batista amarilla con la que aquel día se había vestido. Dedujo con rabia, que dejaba ver con plenitud la desigualdad injusta de sus dos piernas; la buena y la mala, la bonita y la de palo; sin nada entre sus huesos y su piel.
           El tranvía y ella llegaron al mismo tiempo a la parada. 
         No paraba de desplazarse a lo largo del vehículo. Lo recorría una y otra vez con una mano agarrada a la barra superior que lo ensartaba, solo la soltaba de vez en cuando. Entonces, apoyaba la otra mano en el respaldo de algún asiento, ponía su cara pegada a la cara del pasajero que iba sentado y comprobaba en qué calle estaba.
            Un pasajero, al que estaba poniendo nervioso, le cedió el asiento, y aunque no confiaba mucho en su pierna mala a la que llamaba “flaca”, cortésmente se negó.  
            Tenía la convicción de que si permanecía en pie, el tranvía, en sinergia con sus deseos, iría más rápido. Deseaba despejar la negrura que había invadido la alegría de la mañana. Despejar la duda inconfesable de un porqué o descubrir con una punzada de muerte la cobardía de un canalla.
            Así, en los minutos que el tranvía permanecía en las paradas para que subieran más viajeros, movía la pierna y taconeaba con la calza. La hacía tamborilear contra el suelo de madera del vehículo insistiendo en mostrar su impaciencia.
            Por un momento, con ojos llorosos pensó, que si gritaba el motivo de sus prisas todos los pasajeros alentarían al conductor a coger más velocidad, a pasar las paradas de largo como si estas no existiesen. En ese mismo instante, también pensó, que era una idiotez y preguntó la hora a una mujer de cierta edad que iba sentada.
            —Las once y veinte pasadas.
            La siguiente era la parada de la estación. Taconeó con más  nervios hasta que bajó de forma atropellada y pidiendo disculpas a todo el que bajó con ella.
            Entró en la estación de trenes. Corría con la “flaca” desmadrada hacia el andén número dos. Se escuchó un silbido largo que la apremiaba, corre, corre y con el silbido aceleró el paso.
            Tropezó con un señor de poderosos bigotes. El hombre se tambaleó y ella cayó al suelo sin saber muy bien que había pasado. Con movimientos torpes se incorporaba con la ayuda de dos mujeres que al verla caer acudieron en su ayuda. Otro pitido, un poco más largo que el anterior, se dejó oír. “Gracias, gracias” dijo con premura y notó un intenso dolor en la “flaca”.
            Corrió hacia las puertas que dan acceso a las vías mientras a lo lejos, la campana de alguna iglesia cercana anunciaba que se acercaba la media. Aceleró sus quebradizas zancadas. La segunda campanada la escuchó entremezclada con su propia respiración. El ansia de oxígeno en sus pulmones la hizo parar en seco y escuchó la tercera. Apoyó sus manos en ambos muslos, inclinó el cuerpo y vio la herida; una piel abierta, como una llaga hambrienta, mostraba parte de la rótula. Inspiró dos veces y levantó la mirada. La parte trasera del tren se hacía más pequeña y el tañido de la última campanada anunció una premonición. ©